domingo 14 de noviembre de 2010

Recuerdo Mundialista: Paraguay - España


Hay un viejo cantante amateur que tiene un compilado de interpretaciones propias, las cuales las agrupa bajo el nombre “canciones que Joan Baez me enseño a amar”. En el mismo sentido, si yo pudiera reunir en un archivo imaginario a “aquellos partidos que me enseño a amar el futbol” sin dudas que el Paraguay - España del último mundial ocuparía un sitial descollante.

Resignado ha dejar de lado mi nacionalismo futbolístico por obvias carencias, los mundiales de futbol siempre son eventos que me hacen sentirme hincha fervoroso de un país al que no pertenezco, y al que apoyo por circunstancias determinadas o identificaciones personales fluctuantes. A principios de los noventa, mientras en el Perú pululábamos en una inopia futbolística olvidable, yo era un irredento fanático del combinado italiano, al cual me ligaba una admiración nacida, por una parte, debido a algún vinculo familiar ,y por otra parte, debido principalmente a una fascinación con su principal estrella de esos años. Pero los noventa pasaron azoradamente y, después del retiro de aquella leyenda luminosa, la magia infantil del futbol desapareció súbitamente y sin avisar. No obstante, la misma no se resigna a morir del todo y remanece después de cada cierto tiempo en fechas memorables como las del reciente 03 de julio, en las que la derrota en el campo no opaca la bizarría y generosidad de un equipo de futbol como el de Paraguay

La selección paraguaya, dentro del contexto sudamericano (como dicen los locutores), es un equipo que me merece más de una simpatía. Tal vez sea en mi condición de hincha férvido del Universitario de Deportes en donde se encuentre la explicación a mi extraña afición con los paraguayos. Su forma de jugar, su sacrificio, su garra y valentía al momento de afrontar partidos decisivos son objeto de encomios que nunca serán demasiados para poder describirlos a cabalidad. El partido al que aludo, contra la gran favorita España, a quien no dejó jugar nunca y anuló completamente salvo en la jugada del gol (¡malditos palos!), fue un ejemplo más de que el seleccionado de paraguay llevará por siempre tatuado, en la frente, la consigna “matar o morir”. Esto por que después de ser testigo de un partido épico como ese, se llega a la conclusión que los once futbolistas vestidos de albirrojo en realidad no son lo que aparentan, no son meros deportistas. Son algo más que ello. Son soldados que sudan sangre; que arriesgan el físico virilmente; que “planchan” con el rostro y despiertan, en el aficionado entregado, la más legitima emoción

El encuentro contra Francia en octavos de final del mundial de 1998, quizás tenga mayores aditamentos heroicos y legendarios porque en esa época contaban con un arquero per se mitológico y defendieron ante el súper favorito Francia con un equipo con menos talento que el de este mundial. Mas, el partido que me ocupa no esta muy lejos que el de aquel. En esta batalla, el medio campo y las bandas fueron un olímpico escenario de una refriega pundonorosa de ambos bandos. Frente a la capacidad del juego colectivo y de combinación, se opuso la marca corajuda y persistente de los guaranies. Fue así que España no pudo elaborar como a menudo lo hace, mientras Paraguay apostó al contragolpe, como consecuencia de su intención de neutralizar al rival. La mejor ejemplificación de esa estrategia en el primer tiempo, fue un “mano a mano” de Haedo contra Puyol y Casillas.

Hasta mediados del segundo tiempo el partido no cambió de tesitura. El mismo se desenvolvía en una pugna estremecedora, hasta que allegaron las circunstancias novelescas que harán de este partido uno memorable. Después de un lanzamiento de esquina ordinario, se comete un claro penal en contra de Cardozo. Él mismo se prepara para ejecutar el tiro. No sobra decir que era el mejor ejecutor y que en su equipo de Portugal nunca erraba, sin embargo lo previsible se realiza en esta situación in extremis. Es como una regla no escrita que los infalibles claudiquen en el instante decisivo, y Cardozo no es para nada la excepción. Su débil disparo fue detenido por el magno Casillas, y la más real posibilidad de triunfo se les escapaba de las manos como el agua entre los dedos. Quiero creer que fue un designio de las soberbias divinidades del futbol. De aquellas que no fueron reconocidas por la mitología antigua, pero de las que estoy seguro de su existencia en alguna parte del Olimpo, desde donde manipulan y hacen lo que quieren con la ventura y el destino de estos héroes modernos llamados futbolistas.

Ni siquiera tuve tiempo de detectar una vaga retrospección que asaltaba la mente, cuando otros estruendosos vítores, esta vez de los españoles, atronaron mis oídos. No hubo transcurrido ni 10 segundos del yerro paraguayo cuando el árbitro sancionaba con firmeza un nuevo penal, esta vez a favor de España, producto del derribo de Alcaraz a Villa. Alonso frente al arco y al arquero de Paraguay. Dispara. ! Gol!, pero solo por 3 segundos, ya que debido a una invasión discutida se anula la anotación. Otra vez Alonso ante Villar, y lo inesperado sucede una vez mas, la “divina providencia” diría quizá otro locutor prosopopéyico. Lo cierto es que Villar atajó el disparo con sus manos dejando la pelota a merced de Fabregas, el cual es trabado por el mismo Villar, pero el árbitro esta vez no cobró absolutamente nada. En medio de la vorágine del momento, el réferi no lo advirtió con seguridad, y es así que los veleidosos dioses futbolísticos se apiadaron de los entregados paraguayos y se abstuvieron de condenarlos, una vez más, al suplicio desgarrador de los doce pasos.

Después del desencadenamiento de esos episodios decisivos, creí, por un instante, que era el momento para Paraguay de aprovechar la oportunidad de desanimo de los españoles. Ambos habían errado sus tiros penales, pero España lo había hecho último, y lo falló después de creerse con ventaja por 3 segundos. Empero, por única vez en el partido, Iniesta con maestría se desembaraza de la marca de los guaranies y hace una jugada genial para provocar la ventaja de los ibéricos, con complicidad de los palos ( o de los dioses)

Sobraban 5 minutos para el pitazo final y al parecer todo estaba sentenciado, pero no para los aguerridos paraguayos, los cuales, sin tener tiempo para sentir el golpe, quemaron todos sus cartuchos con un jugada de Santa Cruz en la que, una vez más, el héroe Casillas impidió el 1 a 1 que hubiese sido el broche de oro de un partido que, como decía el inmortal Veco, sin dudas quedará en los anaqueles de la historia del balompié.




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