martes 13 de diciembre de 2011

¿Conga va o no va? Lo que sí va es el Principio de Autoridad


Conforme se han sucedido los recientes acontecimientos en Cajamarca a raíz del entrampamiento político desatado por la férrea oposición al Proyecto Conga, también ha emergido gradualmente entre la opinión pública una discusión acerca de dos conceptos que han devenido, a mi gusto, equívocamente antagónicos, al menos en apariencia: Dialogo y Principio de Autoridad.

No se han dejado de oír por parte de los sectores gobiernistas y propincuos a posiciones centroizquierdistas unas continuas, constantes y hasta risiblemente amenazadoras (Toledo) invocaciones al dialogo y al entendimiento, las cuales implican larguísimas mesas de dialogo, innumerables y prescindibles sillas, así como vocación y disponibilidad para realizar concesiones mutuas sin renunciar a posturas nucleares y principistas. Es justo decir que esa tesitura y temperamento corresponde a una conciencia arraigada en una cultura democrática y plural en donde la discusión, la exposición de ideas contrapuestas y el entendimiento a través de los puntos de conexión de ambas posturas constituyen el basamento en donde descansa una sociedad moderna cimentada por la tradición política occidental.

Hasta ahí todo bien y sería peregrino oponerse a esa convicción indiscutiblemente democrática. Sin embargo, el influjo de los matices y la subjetividad ocasiona que los hechos objetivos sean interpretados de diversas formas provocando lecturas disímiles, y ambas aparentemente válidas y merecedoras de tutela y amparo gubernamental. Un ejemplo de ello, hasta cierto punto lógico e incontrovertible, es el que se refleja en lo que es llamado en la negociación como un “punto muerto”. Se me ocurre que sería un atributo de un buen negociador eludir y retardar lo máximo posible el arribo a esa impotente estación, pero al margen de mis cínicas consideraciones, sospecho que estancarse en esa etapa conduce al aborto de una estrategia dialogante si es que esta supone un sacrificio esencial de una posición u otra.

Entonces, una vez situados en aquella instancia se torna necesario reflexionar sobre otras realidades y consensos -los que, quizás, ya no son tales - y que atañen, de forma global y raigal, a la substancia del conflicto social. En ese análisis se hace notar el desapego o ignorancia sobre ciertos acuerdos constitutivos de la nación, y en consecuencia, constitucionales. En estos momentos recuerdo la metáfora, poco feliz (para ser eufemístico), del actual presidente durante la campaña electoral del 2006 en la cual comparaba los recursos mineros con el hijo concebido que- según él - solo le “pertenece” (?) a la madre cuando está en el útero (es decir, en la mina) y ya no después de nacido (o sea, una vez extraído). Dislates y facturas costosas por cobrar aparte, resulta cardinal reafirmar lineamientos fundamentales relativos a la noción de nación y Estado unitario e indivisible; su compatibilidad con el reciente y defectuoso proceso de descentralización; así como la gestión, relaciones y responsabilidades de las autoridades regionales y el Estado central delimitando los alcances de sus márgenes de autonomía.

Si bien es cierto existe un norma constitucional que atribuye a la nación la propiedad de los recursos naturales reconociendo al Estado el poder soberano para aprovecharlos, también es verdad que es una obligación de él la conservación del medio ambiente a través del uso prudente, racional y sostenible de los recursos, entre los que, por otro lado, bien puede incluirse a las lagunas en cuestión en calidad de recursos hídricos.

Ahora bien, en contraste con la diversidad y “oponibilidad” de los argumentos jurídicos que pueden ser esgrimidos por ambas partes, se descubre frágil la supuesta enfrentada dicotomía entre el ejercicio del principio de autoridad y la ejecución de una política concertadora por medio del dialogo entre la partes en conflicto.

Etimológicamente, el vocablo “autoridad” remite a la palabra latina “auctoritas” cuya acepción dirige a un “saber socialmente reconocido”. Dicho concepto estaba hermanado con el de “potestas”, del cual deviene “potestad”, que significa un “poder socialmente reconocido”. Ambos conceptos eran manejados en el campo jurídico y político en tiempos del Imperio Romano y en ellos, uno en mayor medida que otro, se puede hallar el antecedente del principio de autoridad, tan mentado en estos días.

Podríamos decir que el actual principio de autoridad, — que se expresa, entre otros aspectos, en la monopolización del uso de la fuerza por parte del Estado; en el deber de obediencia de la sociedad frente la leyes justas y constitucionales; en el establecimiento de los lineamientos políticos; etc. — posee (o debiera poseer) en su actuación una proporción equitativa de los dos conceptos arriba señalados. Es por ello que se incurre en una interpretación parcial e incompleta circunscribir el citado principio a un aspecto relativo al cumplimiento de las leyes sobre seguridad interna, sin atender a todo aquello que exige de un conocimiento especializado solo adquirible por un entidad estatal dotada de los medios para hacerlo para cumplir con su deber de hacerlo. En ese sentido, denota congruencia con ese esquema que la realización del Estudio de Impacto Ambiental( E.I.A.), llevado a cabo por el gobierno, deba generar la confianza y el convencimiento necesario en la población que permita al primero desarrollar su política económica en armonía con su deber de cautela del medio ambiente. Se muestra harto improbable que los comuneros, al igual que cualquier peruano del país, tengan las herramientas requeridas para poder juzgar acerca de los efectos técnicos que puede conllevar una inversión minera. Es por ello que se sobreentiende la intervención del Estado, como receptor de una tácita delegación por parte de la sociedad, para estudiar y sopesar la conveniencia de un determinado proyecto minero en virtud del doble deber ya señalado. Allí también opera el principio de autoridad, pero no como “poder” sino, principalmente, como “saber”.

Sospecho que el asunto está influido, también, por una cuestión de desconfianza (abonada, por ejemplo, con torpezas como la del exministro de Energía y Minas al regresar a Lima en el avión de la empresa Yanacocha, y contradicciones dentro del gabinete), además de la indisimulable y perniciosa ideologización de una porción del Perú. Creo que el bautizo de ciertos grupos opositores como “anti-mineros” revela una predisposición que vas más allá de una mera oposición responsable. Hace poco un columnista norteamericano ironizaba sobre la existencia de movimientos “anti-genocidio” en su país, subrayando que al igual que con otros movimientos que ostentan la palabra “anti” en su denominación, estos suponen, lógicamente, la preexistencia de colectivos o tendencias que reman en el sentido contrario. Ante ello, denunciaba la inconsistencia de aquellos movimientos preguntándose quién, en sus cabales, podría militar en la causa opuesta sin ser tildado de alunado o “freak”. Sin embargo, la similitud de denominaciones en estos lugares no es una cuestión menor. La equiparación, voluntaria o no, de “minería” con esos males aborrecibles como la “discriminación”, “racismo” o “genocidio” evidencia una concepción equivocada y sesgada en cuanto a una visión de desarrollo y progreso. Opiniones como esas solo son explicadas a luz de un radicalismo que les cierra todas las puertas a los avances de la ciencia como instrumento al servicio del ser humano, y a la legitimación de un Estado como garante del bien común.

A modo de conclusión, reitero mi punto de vista sobre el estéril debate de las últimas semanas. No se trata de optar por el dialogo o por la imposición de la autoridad, porque constreñir dicho principio a un ejercicio de la “potestas “es distorsionarlo en su significación originaria y auténtica. Lo que resta ahora es que los opositores comprendan el rol que desempeña el Estado y le otorguen nuevamente la confianza. Por su parte, a él le toca volver a inspirar esa confianza perdida, siempre dentro del marco del respeto de la Constitución.

martes 24 de mayo de 2011

Bob Dylan y un día cualquiera

Llamado “el faro de una generación” en los 60’, Robert Zimmerman se esforzaría en aclarar que no es mas que un famoso(a su pesar) cantante contemporáneo. Lo cierto es que no es cualquier músico con un puñado de buenas canciones y álbumes memorables. Es, sin dudas, el más influyente cantautor de habla inglesa del siglo XX. De niño prodigio del folk a indómito héroe del rock and roll. De entusiasta apóstol de una causa bella a profeta de un arte ya extinto. Muchas y mejores pueden ser sus definiciones. La auténtica esta “soplando en el viento…”

lunes 18 de abril de 2011

Pesadilla



Talvez sería apresurado aseverar que el Perú vive hoy por la peor crisis política de su historia democrática, sin embargo es innegable que las circunstancias que lo envuelven en estos días lo colocan en una situación vacilante y de zozobra ascendente. Los meses venideros nos impondrán tomar una decisión relevante y demasiado trascendente para una sola votación, pero así están dadas las reglas electorales y es imposible eludirlas aunque sea lo más razonable albergar la posibilidad de postergar indefinidamente esta decisión. Lo cierto es que casi la mitad del electorado peruano no quisieran nunca tomar una resolución semejante ya que, ora votar por Keiko Fujimori, ora votar Ollanta Humala supone para muchos la misma percepción: la peor elección posible.


Al margen de que las razones de la aversión por ambos candidatos se fundamenten, en parte, en diferentes temores, me parece que la ponderación y el análisis individual de la conveniencia de cada candidato desemboca en ambos casos en una sola y absoluta certeza descalificadora. Es imposible que en un país con dos dedos de frente sea capaz de considerarlos siquiera como aspirantes con chance de participar, pero no se sorprendan señores, estamos en el Perú.


El nefasto escenario electoral al que asistimos es, para ser benévolos, una situación sui generis, aunque sea más preciso decir que en realidad constituye una negación de la democracia per se. Sólo en un país como el nuestro que exhibe tal carencia de madurez política puede ser posible que la opción de la mayoría no sea la que resulte ganadora o por lo menos ubicada en una segunda vuelta electoral. ¿Así no funciona la democracia? Acaso Lincoln no definía a la democracia como “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para le pueblo”. Personalmente tengo objeciones en cuanto a esa concepción, no obstante si es aquella la que resume la esencia de este sistema de gobierno, ¿Cómo es posible que el próximo presidente del Presidente no provenga de la voluntad de casi la mitad de los ciudadanos? A partir del 28 de julio el país será dirigido por un gobierno que adolecerá de una representatividad significativa que ni el balotaje podrá legitimar lo justo y necesario.


Ahora bien, esta lamentable coyuntura no es fruto de una conjunción fortuita de hechos ni de incidentes azarosos sin conexión. Claro que no. Existe una serie de culpables que deberán asumir su responsabilidad política como muchos les reclaman. En el 2006 el proceso electoral estuvo mejor definido y las candidaturas más perfiladas a pesar de la irrupción súbita de Ollanta Humala a fines del 2005. Los espectros políticos estaban claramente determinados y estos eran ocupados por opciones que, al margen de animadversiones y antipatías, lograron asentarse con solvencia. La izquierda radical antisistémica encarnada como hoy por Humala. La derecha limeña conservadora y neoliberal enarbolada por Lourdes Flores, y por ultimo el centro izquierda o centro, liderado por Alan García y el frente social que comandaba. Como es tradición en el Perú los extremos no lograron avanzar y primó la opción moderada y responsable de García, que es a la larga la que ha conseguido el desarrollo económico del país en este último quinquenio.


Empero, la circunstancias actuales son palmariamente diferentes debido principalmente a la sobrepoblación de candidaturas viables que canalizaban el voto de un solo sector de la ciudadanía. No había que ser extraordinariamente perspicaz para darse cuenta que el enfrentamiento “fraticida” entre Toledo, Castañeda y PPK, no iba sino a beneficiar a la sólida e inmutable candidatura de Keiko Fujimori. Parece que los únicos que no se percataron de aquello fueron estos tres miopes. O si se dieron cuenta simplemente subestimaron la arremetida de Ollanta, o cedieron, que es lo más probable, a las desmesuradas ambiciones personales no privadas de soberbia y a las ansias incontrolables de detentar el poder publico. Es sin duda la indigencia de conciencia política y de responsabilidad con el país que mostraron los candidatos de centro, la que ha conllevado a la tragedia que nos lacera cada vez que pensamos en política. Fue dos o tres semanas antes del 10 de abril, cuando las encuestadoras afirmaban que lo 5 tenían serias posibilidades de acceder a la segunda vuelta, el momento en el que devino en imperativo una alianza entre aquellos postulantes. Previsiblemente ni siquiera se habló de ello, y hoy tenemos las consecuencias de aquella omisión inexcusable.


Asimismo, es necesario resaltar que todo esto no es efecto de una eclosión espontánea de factores perniciosos. Al contrario, proviene de antiquísimos vicios de los cuales nos cuesta demasiado desprendernos. Uno de ellos es el antediluviano caudillaje político que ocasiona que los peruanos se identifiquen con personas y temperamentos más que con programas e ideologías. Sumado a ello o talvez consecuencia de ello, la ausencia de verdaderos partidos políticos contribuye a la imposibilidad de concebir líderes con visión y por ende con capacidad de pactar y pensar en el futuro, más allá de los 5 años de un periodo presidencial. Es en ese sentido imperdonable que el único partido organizado del Perú como el APRA se haya dejado derrumbar por la turbulencia producida a raíz de la confrontación entre la candidata Mercedes Araoz y el Secretario Jorge del Castillo, hasta el punto de no competir en la elecciones lo que ha producido la penosa representación congresal que ha obtenido.


Por otra parte, el electorado no se queda atrás en el deslinde de responsabilidades. Su disposición voluble y extremadamente insubstancial ha propiciado la profética disyuntiva en la que hoy nos encontramos: entre el atraso y la humillación. Disyuntiva que en cualquiera de sus extremos resuelta no provocara sino un mismo clima de inestabilidad y frustración que amenazará la endeble democracia adquirida. Es por ello que considero que la clásica definición de democracia realizada por Lincoln debiera reducirse en un par de palabras o interpretarse en el marco de una sociedad ideal y por lo tanto irreal. ¿Gobierno por el Pueblo? Admitir eso implicaría reconocer en la mayoría una capacidad intelectual de la cual evidentemente carecen. ¿En que sociedad como las nuestras es medianamente razonable atribuir a la mayoría sabiduría al momento de adoptar sus decisiones? Es por eso que es pertinente reivindicar algunos rasgos de la “aristocracia” en el sentido originario del vocablo, como el gobierno de los mejores (“Aristos” mejores “Kratos” dominio).Es decir, un gobierno en función del pueblo pero dirigido por una elite intelectual y capacitada.


En cuanto a la existencia de una supuesta “polarización”, no tengo dudas de su configuración y presencia. Las dos visiones de país están plasmadas sobre la mesa. Por un lado un sector, en su mayoría mesocrático y emprendedor, a quien le ha ido bien con las reformas liberales y democráticas de los últimos 20 años, y por el otro lado la otra parte del país a la cual no le ha ido mal si se atiende a las cifras de reducción de pobreza y de incremento de ingreso, pero que sin embargo padece de un servilismo congénito y profundamente arraigado en su idiosincrasia. Es por eso discrepo con algunos comentarios y le resto relevancia a la presumible confrontación ideológica entre Keiko y Ollanta. A mi parecer no existe tal enfrentamiento o por lo menos no de manera absoluta. Dificulto que el votante de Keiko Fujimori sea totalmente diferente al votante de Humala. Al contrario, ambos guardan más afinidad que divergencia. Aludo a su condición social, económica, cultural y también, como no, a su condición psicológica servil. A aquella predilección a adherirse sumisamente a un gobierno autoritario y, por que no, dictatorial. La propensión a preferir la figura de un gobernante que nos diga que hacer y que nos solucione los problemas. En otras palabras, a la falta de autoestima del peruano el cual antepone el "anhelado bienestar" a la libertad. No es casualidad que la mayoría de los peruanos prefieren un gobierno " fuerte" que un gobierno democrático. No es fruto del azar que la mayoría de los ciudadanos hayan respaldado el atropello del 5 de abril del 92, ni tampoco es casual el aval que tuvo el gobierno de los militares en la década del 70. El asistencialismo desplegado por Fujimori en los 90 así como el que planea desarrollar Humala si gana esta acentuadamente enraizado en el carácter del peruano. Lamentablemente ese sometimiento al que tendemos, la inclinada cerviz que no levantamos sino en el himno, son rasgos característicos que se expresan en elecciones como las recientes. Sus orígenes son ante-republicanos. Es por eso que me resisto a creer que exista una marcada división entre los electores de Humala y Fujimori. Lo que hay es quizás algunos rechazos personales en virtud de lo antropomórfico de nuestra política, sin en ningún caso opacar la pronunciada coincidencia de deseos y temperamentos que subyace en ambos.


El panorama que se avecina es lóbrego y desembozadamente tenebroso. Constituye un riesgo palpable para nuestro sistema democrático, para la conservación de libertades políticas y económicas, en resumidas cuentas, para nuestro proyecto integral de país. Cualquiera de los dos que resulte elegido generará una peligrosa inestabilidad social que puede desembocar en remedios peores que la enfermedad. Sin embargo, es imperativo para la ciudadanía libertaria y con autoestima estar atentos y vigilantes a los turbulentos años que se aproximan. No cabe repetir como Borges que “la resignación es una virtud a la que tenemos que resignarnos”. En este momento crítico y de sombrío porvenir, solo resta recordar a la figura capital de González Prada cuando en momentos catastróficos de la nación, después de la derrota con Chile, proclamaba: “Dejemos a Boabdil llorar como mujer, nosotros esperaremos como hombres”

viernes 26 de noviembre de 2010

"Por una cabeza"

Tango inolvidable que conocí gracias a la, también imperecedera, película Perfume de Mujer









domingo 14 de noviembre de 2010

Recuerdo Mundialista: Paraguay - España


Hay un viejo cantante amateur que tiene un compilado de interpretaciones propias, las cuales las agrupa bajo el nombre “canciones que Joan Baez me enseño a amar”. En el mismo sentido, si yo pudiera reunir en un archivo imaginario a “aquellos partidos que me enseño a amar el futbol” sin dudas que el Paraguay - España del último mundial ocuparía un sitial descollante.

Resignado ha dejar de lado mi nacionalismo futbolístico por obvias carencias, los mundiales de futbol siempre son eventos que me hacen sentirme hincha fervoroso de un país al que no pertenezco, y al que apoyo por circunstancias determinadas o identificaciones personales fluctuantes. A principios de los noventa, mientras en el Perú pululábamos en una inopia futbolística olvidable, yo era un irredento fanático del combinado italiano, al cual me ligaba una admiración nacida, por una parte, debido a algún vinculo familiar ,y por otra parte, debido principalmente a una fascinación con su principal estrella de esos años. Pero los noventa pasaron azoradamente y, después del retiro de aquella leyenda luminosa, la magia infantil del futbol desapareció súbitamente y sin avisar. No obstante, la misma no se resigna a morir del todo y remanece después de cada cierto tiempo en fechas memorables como las del reciente 03 de julio, en las que la derrota en el campo no opaca la bizarría y generosidad de un equipo de futbol como el de Paraguay

La selección paraguaya, dentro del contexto sudamericano (como dicen los locutores), es un equipo que me merece más de una simpatía. Tal vez sea en mi condición de hincha férvido del Universitario de Deportes en donde se encuentre la explicación a mi extraña afición con los paraguayos. Su forma de jugar, su sacrificio, su garra y valentía al momento de afrontar partidos decisivos son objeto de encomios que nunca serán demasiados para poder describirlos a cabalidad. El partido al que aludo, contra la gran favorita España, a quien no dejó jugar nunca y anuló completamente salvo en la jugada del gol (¡malditos palos!), fue un ejemplo más de que el seleccionado de paraguay llevará por siempre tatuado, en la frente, la consigna “matar o morir”. Esto por que después de ser testigo de un partido épico como ese, se llega a la conclusión que los once futbolistas vestidos de albirrojo en realidad no son lo que aparentan, no son meros deportistas. Son algo más que ello. Son soldados que sudan sangre; que arriesgan el físico virilmente; que “planchan” con el rostro y despiertan, en el aficionado entregado, la más legitima emoción

El encuentro contra Francia en octavos de final del mundial de 1998, quizás tenga mayores aditamentos heroicos y legendarios porque en esa época contaban con un arquero per se mitológico y defendieron ante el súper favorito Francia con un equipo con menos talento que el de este mundial. Mas, el partido que me ocupa no esta muy lejos que el de aquel. En esta batalla, el medio campo y las bandas fueron un olímpico escenario de una refriega pundonorosa de ambos bandos. Frente a la capacidad del juego colectivo y de combinación, se opuso la marca corajuda y persistente de los guaranies. Fue así que España no pudo elaborar como a menudo lo hace, mientras Paraguay apostó al contragolpe, como consecuencia de su intención de neutralizar al rival. La mejor ejemplificación de esa estrategia en el primer tiempo, fue un “mano a mano” de Haedo contra Puyol y Casillas.

Hasta mediados del segundo tiempo el partido no cambió de tesitura. El mismo se desenvolvía en una pugna estremecedora, hasta que allegaron las circunstancias novelescas que harán de este partido uno memorable. Después de un lanzamiento de esquina ordinario, se comete un claro penal en contra de Cardozo. Él mismo se prepara para ejecutar el tiro. No sobra decir que era el mejor ejecutor y que en su equipo de Portugal nunca erraba, sin embargo lo previsible se realiza en esta situación in extremis. Es como una regla no escrita que los infalibles claudiquen en el instante decisivo, y Cardozo no es para nada la excepción. Su débil disparo fue detenido por el magno Casillas, y la más real posibilidad de triunfo se les escapaba de las manos como el agua entre los dedos. Quiero creer que fue un designio de las soberbias divinidades del futbol. De aquellas que no fueron reconocidas por la mitología antigua, pero de las que estoy seguro de su existencia en alguna parte del Olimpo, desde donde manipulan y hacen lo que quieren con la ventura y el destino de estos héroes modernos llamados futbolistas.

Ni siquiera tuve tiempo de detectar una vaga retrospección que asaltaba la mente, cuando otros estruendosos vítores, esta vez de los españoles, atronaron mis oídos. No hubo transcurrido ni 10 segundos del yerro paraguayo cuando el árbitro sancionaba con firmeza un nuevo penal, esta vez a favor de España, producto del derribo de Alcaraz a Villa. Alonso frente al arco y al arquero de Paraguay. Dispara. ! Gol!, pero solo por 3 segundos, ya que debido a una invasión discutida se anula la anotación. Otra vez Alonso ante Villar, y lo inesperado sucede una vez mas, la “divina providencia” diría quizá otro locutor prosopopéyico. Lo cierto es que Villar atajó el disparo con sus manos dejando la pelota a merced de Fabregas, el cual es trabado por el mismo Villar, pero el árbitro esta vez no cobró absolutamente nada. En medio de la vorágine del momento, el réferi no lo advirtió con seguridad, y es así que los veleidosos dioses futbolísticos se apiadaron de los entregados paraguayos y se abstuvieron de condenarlos, una vez más, al suplicio desgarrador de los doce pasos.

Después del desencadenamiento de esos episodios decisivos, creí, por un instante, que era el momento para Paraguay de aprovechar la oportunidad de desanimo de los españoles. Ambos habían errado sus tiros penales, pero España lo había hecho último, y lo falló después de creerse con ventaja por 3 segundos. Empero, por única vez en el partido, Iniesta con maestría se desembaraza de la marca de los guaranies y hace una jugada genial para provocar la ventaja de los ibéricos, con complicidad de los palos ( o de los dioses)

Sobraban 5 minutos para el pitazo final y al parecer todo estaba sentenciado, pero no para los aguerridos paraguayos, los cuales, sin tener tiempo para sentir el golpe, quemaron todos sus cartuchos con un jugada de Santa Cruz en la que, una vez más, el héroe Casillas impidió el 1 a 1 que hubiese sido el broche de oro de un partido que, como decía el inmortal Veco, sin dudas quedará en los anaqueles de la historia del balompié.




lunes 8 de noviembre de 2010

"Ni siquiera soy polvo"- Jorge Luis Borges


Ni siquiera soy polvo
No quiero ser quien soy. La avara suerte
me ha deparado el siglo diecisiete,
el polvo y la rutina de Castilla,
las cosas repetidas, la mañana
que, prometiendo el hoy, nos da la víspera,
la plática del cura y del barbero,
la soledad que va dejando el tiempo
y una vaga sobrina analfabeta.
Soy hombre entrado en años. Una página
casual me reveló no usadas voces
que me buscaban, Amadís y Urganda.
Vendí mis tierras y compré los libros
que historian cabalmente las empresas:
el Grial, que recogió la sangre humana
que el Hijo derramó para salvarnos,
el ídolo de oro de Mahoma,
los hierros, las almenas, las banderas
y las operaciones de la magia.
Cristianos caballeros recorrían
los reinos de la tierra, vindicando
el honor ultrajado o imponiendo
justicia con los filos de la espada.
Quiera Dios que un enviado restituya
a nuestro tiempo ese ejercicio noble.
Mis sueños lo divisan. Lo he sentido
a veces en mi triste carne célibe.
No sé aún su nombre. Yo, Quijano,
seré ese paladín. Seré mi sueño.
En esta vieja casa hay una adarga
antigua y una hoja de Toledo
y una lanza y los libros verdaderos
que a mi brazo prometen la victoria.
¿A mi brazo? Mi cara (que no he visto)
no proyecta una cara en el espejo.
Ni siquiera soy polvo. Soy un sueño
que entreteje en el sueño y la vigilia
mi hermano y padre, el capitán Cervantes,
que militó en los mares de Lepanto
y supo unos latines y algo de árabe...
Para que yo pueda soñar al otro
cuya verde memoria será parte
de los días del hombre, te suplico:
mi Dios, mi soñador, sigue soñándome.